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La musa de los existencialistas

Pelo y flequillo negros, raya kohl en el ojo, pálido rostro y cierto aspecto andrógino; sobriedad, un cigarrillo y eternamente vestida de negro: así es Juliette Gréco, la musa del existencialismo francés, musa intelectual y erótica de la Francia de la segunda mitad del siglo XX que este verano 2016 ha cumplido 90 años.
El filósofo Jean-Paul Sartre la adoraba y decía de ella algo tan gráfico como: “Tiene millones de poemas en la garganta que no han sido todavía escritos. (…) ¿Por qué no escribir poemas para una voz? Es gracias a ella, y para ver mis palabras convertirse en piedras preciosas, que yo he escrito canciones”. El estilo de su chanson es, efectivamente, muy particular, y gracias a la búsqueda de compositores que dieran con su tono, emergieron compositores como Jacques Brel, Léo Ferrer o Serge Gainsbourgh.
Sus comienzos no fueron fáciles, ya que sus padres estaban separados y la Segunda Guerra Mundial sesgó los estudios de la joven Juliette en la Ópera de París. Su madre, perteneciente a la Resistencia, y su hermana Charlotte fueron internadas en un campo de concentración. Juliette pasó por una prisión en Fresnes, que constituyó, por lo visto y lo oído, una lección de vida, hasta que fue acogida por su profesora de francés, que además era actriz.
Acabada la guerra y alistada su madre en la Marina, las dos jóvenes hermanas se quedaron en París y Juliette empezó a frecuentar los cafés de la Rive Gauche*, la mítica orilla izquierda del Sena; eran los cafés de intelectuales, artistas y bohemios, frecuentados por gente como Sartre, Camus, Beauvoir, Yves Montand, Boris Vian, así como escritores norteamericanos y personajes de lo más variopinto. Cafés como Le Tabou, abierto en 1947, donde empezó a cantar. Su carrera pronto empezó a despegar en cine y teatro (su primer objetivo había sido ser actriz), en 1949 debuta en el cabaret parisino Le boeuf sur le toit y consigue un gran éxito. Al año siguiente recibo un premio por el disco Je hais les dimanches (Odio los domingos) y cuando desembarcó en Hollywood ya era una mujer conocida.
Su legado artístico es numeroso: películas como Orfeo, Quand tu liras cette lettre, Elena y los hombres, Fiesta, Buenos días tristeza o Las raíces de España.
Y canciones como Les feuilles mortes, Sous le ciel de Paris, La Javanaise, Non monsieur je n’ai pas vingt ans, Déshabillez-moi, Si tu t´imagines, L´éternel feminin,  Il n’y a plus d’après, Jolie môme, À Saint-Germain-des-Prés. Ponerlas todas sería una lista muy larga.
Es muy celebrado su romance con el músico Miles Davis cuando ambos tenían 22 años y Juliette no había explotado aún como gran intérprete cinematográfica y musical. Era 1949 y él estaba casado y era padre ya de cinco hijos. Sartre, amigo de los dos, le preguntó a Miles por qué no se casaba con ella, y él replicó que la amaba demasiado para hacerla infeliz. Uno de los motivos de esa infelicidad era el racismo imperante en Estados Unidos. Cuando años más tarde, ella triunfaba en NY y le invitó a cenar al Hotel Waldorf Astoria, sufrieron un humillante episodio racista y ella declaró más tarde que en París nadie había reparado en que era negro.
Recientemente, preguntada por el asunto, por el diario The Guardian respondió que “Entre Miles y yo hubo una gran historia de amor, el que querrías que todo el mundo viviera”:
Cercana a la izquierda, libre, irónica, defensora de los derechos humanos, sigue aun dando reducidos conciertos

El escritor, periodista, aristócrata y actor José Luis de Vilallonga también nos ofreció su peculiar versión de la Gréco (en Cartas desde París a mis paisanos, los íberos, Plaza & Janés, 1998): “Se levanta el telón y aparece Mlle. Greco, lunar, casi translúcida. Tiene un hermoso rostro, anguloso y hermético, que atrae la luz como un diamante. Una luz que nunca devolverá. Tiene unas manos savias, chinas, que se mueven como las de las flamencas, sin equivocarse nunca. Lleva el cuerpo vestido de negro, un cuerpo que ondula solo cuando le parece necesario. (…) ¿Qué se podía decir de esa voz? Era una voz templada como el acero. Una voz hecha para llamar a las barricadas, para provocar lances de amor No era una de esas voces que las gentes llaman “de cristal”. No era ni pura ni limpia, Salía directamente de sus entrañas. Más que una voz, era un pecado, un pecado que más que mortal era mortífero”.